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martes, 24 de diciembre de 2013
Una tradición caucana
El maestro Sandoval, un personaje con cara de pocos amigos, resultó muy afable y colaborador. Es tal vez a él a quien más se le debe el rescate de esta práctica, que hoy se ha convertido en un deporte, una danza y una arraigada manifestación cultural. Para hacerlo, la incluyó inicialmente en las danzas tradicionales de la región, y una vez la gente la identificó y se fue apropiando de ella, abrió las escuelas que hoy dirige, por las que han pasado cientos de alumnos.
El Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Puerto Tejada decidieron convertirla en patrimonio cultural de los puertotejadeños. Por eso, recientemente publicaron cartillas, volantes y llevaron a cabo muestras y conferencias, y la incluyeron como cátedra electiva en los colegios del municipio con la intención de hacerla visible y que los jóvenes se apropiaran de ella. Al parecer, este objetivo se cumplió. Hoy la esgrima con machete no es vista como violenta, sino como una práctica que hace parte de la identidad y del arraigo de los lugareños.
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domingo, 22 de diciembre de 2013
Puerto Tejada, Cauca
Al llegar aquí me enteré de otro dato estadístico poco conocido de Puerto Tejada: es uno de los municipios más densamente poblados de Colombia.
Como me lo habían advertido, evidentemente el ambiente que se percibe recorriendo las calles del pueblo no es el mejor, la policía del lugar de entrada me previno acerca de los muchos cuidados que debía tener; los alumnos y maestros de escuela con lo que me reuní al momento de mi llegada me advirtieron sobre lo mismo.
Seguí de cerca la historia de la esgrima en patios de apartadas casas, pues no era aconsejable practicarla en espacios abiertos o públicos ni bueno para los visitantes hacerse tan visibles. Así que, en compañía del maestro Sandoval, “el gurú” de la práctica, y algunos de sus alumnos fui hasta su vereda y, en una especie de casa-salón, me contaron todo acerca de esta práctica.
La esgrima con machete, o grima, como la llaman ellos, fue surgiendo cuando los esclavos observaban a sus amos practicar la esgrima clásica europea en los salones de las grandes haciendas. A falta de sables y floretes, a los que no tenían acceso, los afrodescendientes usaron el machete, su herramienta de trabajo. Con los años adquirieron tan grandes destrezas y habilidades, que los macheteros del Cauca se convirtieron en un ejército que participó en las batallas de independencia de la Nueva Granada, y posteriormente en la Guerra de los mil días y la guerra contra Perú.
Luego de estas guerras, la práctica estuvo a punto de desaparecer, pues se le vinculó con el bandolerismo y la violencia. Además de que la satanización que sufrió por parte de la Iglesia, que argumentaba que sus practicantes tenían pacto con el Diablo, pues de otra manera no era posible que se hubieran convertido en leyendas vivas, pues se decía que salían vivos sin ningún rasguño después de haber sostenido fuertes combates.
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miércoles, 18 de diciembre de 2013
La esgrima con machete
El viaje a Puerto Tejada, Cauca, me despierta cierta inquietud y un poco de temor. Aunque no es dato muy difundido, según las estadísticas, además de ser una de las poblaciones más violentas de Colombia, Puerto Tejada es la que tiene un mayor índice de consumo de heroína. Esta situación hace que en principio no sea un destino muy recomendable.
El nerviosismo que me genera el viaje se apacigua un poco cuando los habitantes del pueblo con los que he hecho contacto me aseguran que las estadísticas no se parecen a la realidad, pues Puerto Tejada es un pueblo tranquilo.
Lo cierto es que a pesar del poco halagüeño panorama, voy a viajar porque allí se encuentran las dos únicas escuelas de esgrima con machete que existen en el país, y me interesa conocer de cerca y de primera mano cómo nació y se ha mantenido esta práctica ancestral.
No se pierdan el próximo episodio de esta travesía este domingo a las 10:30 p.m. por Señal Colombia.
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martes, 3 de diciembre de 2013
Adiós, Cauca
Salí de Palmeras como el ritmo de las canciones de los violines caucanos: contento, pero con un poco de saudade. Contento por haber tenido el privilegio de escuchar y conocer esta música y de saber que no va a desaparecer. Triste y con saudade de abandonar esa hermosa región y a esos virtuosos, humildes y cálidos músicos.
Me hace feliz saber que si hace unos años los investigadores musicales y los propios músicos –con mucha razón– temían la desaparición de los violines caucanos, hoy el panorama es esperanzador.
Que los violines sean protagonistas en el festival más importante de música del Pacífico logró visibilizarlos con mucha fuerza. En la región han ido apareciendo nuevos grupos, muchos de ellos de jóvenes y niños que aprenden de sus familiares y amigos o en las escuelas que han comenzado a abrirse, en donde no solo se aprende a tocarlos, sino a fabricar unos violines iguales a los que dieron origen a esta tradición, de guadua y cuerdas de crin de caballo.
Es indudable que en la preservación, visibilización y difusión de esta música se le debe mucho al Grupo Palmeras, cuyos integrantes, después de sus duras faenas en el campo, o como obreros de fábrica, toman sus instrumentos y mantienen viva una de las más hermosas tradiciones de la cultura negra.
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domingo, 1 de diciembre de 2013
Violines Caucanos
La vereda El Palmar parece detenida en el tiempo, al igual que el sonido de violines que llegaron desde la colonia. La vereda tiene la belleza especial de las montañas caucanas, intervenidas con estos cultivos y adornadas con casas de barro y techos de palma, y un exquisito olor que proviene de los cultivos de piña, caña y cacao.
Una de estas casas, la de Luis Éder Carabalí, es un punto de referencia en la vereda. Él, que tiene 51 años, es mecánico soldador de lunes a sábado. De eso vive. Pero los domingos es el primer violín del Grupo Palmeras, el más más reconocido de la región y tal vez del país. Como los demás integrantes del grupo, todos campesinos, Luis Éder es el heredero de una fuerte tradición musical que estuvo escondida durante siglos, y que hoy, gracias al Festival de música Petronio Álvarez, ha comenzado a conocerse. De allí han salido ganadores en las dos ocasiones en que han asistido.
La casa de Luis Éder es el punto de encuentro y ensayo permanente del grupo. En la sala, es protagonista una foto en donde aparecen sonrientes, además del dueño de casa, Eliécer, el otro violinista; su hermana María Fernanda, una de las cantadoras; Adelmo Casarán, intérprete del bajo; Bolívar Lucumí, con su requinto; Justiniano Vásquez, al pie de su tambora, y por último Arnul Abonías, que nunca desampara sus maracas.
Todos se conocen y se quieren desde niños, no sólo comparten una bonita amistad, sino su sangre. Entre ellos son primos y hermanos, y orgullosamente comparten la única herencia posible en un lugar como este: una virtuosa tradición musical. El grupo fue fundado por sus abuelos, sus padres continuaron la tradición y ellos han sabido conservarla. Estar aquí, compartiendo con ellos, escuchar sus historias y sobre todo su música, me llena de paz y alegría y me hace sentir privilegiado. Me siento gigante.
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viernes, 29 de noviembre de 2013
Santander de Quilichao
Próximamente viajo a Santander de Quilichao, un municipio ubicado al norte del Cauca, muy cerca de Cali, la capital del Valle del Cauca. Voy en busca de los violines caucanos, como se llama la agrupación y al ritmo musical en donde estos instrumentos son los encargados de llevar la melodía.
Conocí por casualidad a estas agrupaciones en Caloto, hasta donde llegué un día atraído por su especial arquitectura. Ese día se celebraba un festival de violines en el pueblo. Mientras comenzaba el evento, los grupos en competencia ensayaban en las orillas del río. Caminé a lo largo de dos kilómetros por su ribera, sintiéndome el más privilegiado del mundo, pues sin querer me convertí en el espectador de un concierto único e inolvidable. Desde ese día, los violines no han dejado de sonar en mi cabeza.
El de los violines caucanos es un ritmo muy especial, que me recuerda lo que decía el músico y poeta brasilero Vinicius de Morais: “la música realmente buena, aunque sea muy alegre, debe tener un toque de saudade (nostalgia) y de tristeza, si no, no es verdadera música”.
Los violines caucanos cumplen a cabalidad con la premisa de Vinicius; es uno de los ritmos más alegres, nostálgicos y especiales que he escuchado. Acompáñenme en este recorrido lleno de buena música, en donde tendremos el privilegio de conocer la historia y los protagonistas de estas alegres canciones, salpimentadas con un toque nostálgico, y poco visibilizadas y difundidas.
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martes, 29 de octubre de 2013
Visitar la región Nasa fue una experiencia vital. El contundente paisaje genera algo contradictorio y emotivo. Es como estar en el presente viviendo muchos momentos históricos. Las tumbas de Tierradentro son alucinantes y hacen que uno se devuelva en la historia miles de años. Algunas casas y modos de vida te hacen sentir en la colonia. Pero la inteligencia y la visión futurista del pueblo Nasa es acorde a nuestra condición de habitantes del planeta Tierra aquí y ahora. Lamentablemente, la única constante histórica que se mantiene en la región –y en el país– es, al parecer, la discriminación hacia los pueblos indígenas.
Poder hablar de la coca desde un enfoque "blanco" –sin que ese enfoque blanco signifique cocaína– me llena de satisfacción. En Europa y Norte América –tal vez gracias a la mala prensa y al desconocimiento total de la realidad– la coca siempre es mirada como "la mata que mata". Pero recorriendo el territorio Nasa uno descubre que no es así. Y que términos como glifosato, erradicación y sustitución de cultivos deberían desaparecer de los discursos del gobierno y los protectores de la moral y las buenas costumbres del mundo.
Recorriendo la región Nasa desde uno de los centros de acopio y al ver la organización, el trabajo serio y entregado de los indígenas con su coca, pensaba que si durante años el monocultivo del café fue la base de la economía en Colombia y si hoy su producción está en crisis, el cultivo de la coca bien manejado y concebido podría ser una muy buena opción económica de diversificación agrícola. Si la coca comprobó desde la ilegalidad que genera ganancias económicas exorbitantes, es hora de buscárselas desde la legalidad.
La coca, a diferencia del café, es una planta nativa que nace de manera silvestre en los valles andinos de este país: no necesita grandes cantidades de insumos, pesticidas, fungicidas ni abonos para cosecharse. Si por fin se mira y se retoman los saberes ancestrales de los pueblos indígenas, podría convertirse en una sabia y ancestral respuesta a la crisis agraria que padece Colombia, y en una contundente competencia frente a tanto producto foráneo que nos llega con los TLC, que están tan de moda.
Probablemente Estados Unidos, Europa y Asia tienen mucho arroz, maíz, trigo, cebada y aun café para traernos, pero les aseguro que no tienen ni la producción ni el saber ancestral de los indígenas Nasa para cultivar y cosechar la coca. Desconocer los beneficios de una planta nativa que a través de miles de años ha demostrado sus bondades y hoy todas sus posibilidades comerciales es negar la historia y la esencia agrícola y cultural de los pueblos americanos.
Después de este viaje, estoy seguro de que la coca no es una maldición, sino una respuesta, que va acorde con la campaña que promociona el país adentro y afuera. "La respuesta es CO", claro, la respuesta es CO-ca, pero para que eso se entienda, toca empezar por difundir y entender que ninguna mata mata y que "Coca no es cocaína".
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domingo, 27 de octubre de 2013
Territorio Nasa
Aunque en el Cauca la mayoría de la población es indígena, estas comunidades fueron invisibilizadas por una clase dirigente tradicionalmente “blanca”, que perpetuó la misma sociedad conservadora y excluyente de la colonia y logró borrar durante siglos del imaginario de los colombianos que es un departamento indígena. Hastiados de esa situación, en las últimas décadas estas comunidades se han organizado política y socialmente. Hoy son un aguerrido pueblo que exige y hace respetar su cultura y sus derechos.
Llegué hasta la región Nasa remontando la cordillera por carreteras y trochas en regular estado. En este recorrido uno se va encontrando con pequeños resguardos protegidos, en donde se ve una gran actividad comunitaria protegida por una pacífica Guardia indígena. La mayoría de casas están dispersas por la montaña, en medio de parcelas o tules –como las llaman ellos–.
Cada familia cultiva en estas huertas caseras fríjol, plátano, café yuca y, por supuesto, su “dosis personal de coca” –no más de unos cientos de matas–. La coca cosechada la usan para mambear (masticar) en sus largas caminatas y jornadas de trabajo, como medicina, como alimento y como parte esencial de sus rituales de limpieza, sanación e iniciación.
La sobrante es llevada al centro de acopio de Nasa–Esh’s (Coca–Nasa), como se llama la empresa creada por la comunidad, en donde fabrican jabones, cremas, ungüentos, ron, galletas, tortas, gaseosas energizantes y aromáticas puras o combinadas con menta, manzanilla, etc. Los recursos obtenidos con la venta de esos productos son utilizados en construcción de escuelas, centros comunitarios, arreglo de caminos veredales o en cualquier obra que priorice la comunidad. Nasa–Esh’s es una próspera empresa que demuestra que el cultivo de la coca no es exclusivo ni directamente proporcional a la fabricación de cocaína.
Aunque las licencias sanitarias y comerciales para la producción y distribución de productos han sido suspendidas, reestablecidas y vueltas a suspender constantemente, la comunidad está dispuesta a ir a hasta las últimas consecuencias en la defensa de su empresa. Argumentan, por un lado, que cada hoja de coca que se usa en sus productos es una hoja de coca menos para el narcotráfico, y por otro, el respaldo la constitución del 91, que ampara totalmente la defensa de sus costumbres y su cultura.
Gracias a que los Nasa me han permitido entrar en su territorio y conocer parte de sus vidas, aprendo en estos resguardos a ver la coca con otros ojos. Con los ojos de quienes jamás la convirtieron en un alcaloide ni en un gran cultivo que arrasa la selva, y mucho menos, como “la mata que mata”. El cultivo de coca es visto como un generador de sustento, de paz y de armonía con la naturaleza, con el universo y con ellos mismos.
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jueves, 24 de octubre de 2013
En busca de la mata que no mata
En los próximos días visitaré la región Nasa, ubicada al oriente del departamento del Cauca, en límites con el Huila. Allí se encuentra una de las zonas arqueológicas más interesantes de Colombia: Tierradentro, un complejo de hipogeos o tumbas subterráneas con apariencia de cómodos apartamentos para la vida eterna. Aunque obviamente me daré el paseo por estas monumentales tumbas, no voy detrás de la arqueología, si no de la coca. Léase bien: de la coca, no de la cocaína.
En la región Nasa los indígenas crearon un proyecto con el que pretenden hacer una defensa cultural y social del cultivo de la coca, planta que para la gran mayoría de los pueblos indígenas de Suramérica es sagrada y hace parte integral de su cultura.
La siembra y recolección de la coca se prohibió en Colombia siguiendo los tratados y leyes internacionales para erradicar todos los cultivos que puedan ser usados en la producción de estupefacientes. Pero los Nasa, tomando como lema “Coca no es cocaína” y amparados en la Constitución del 91, que protege por encima de todo sus valores ancestrales y culturales, han hecho una sorprendente y pacífica defensa de su cultivo. Para ello han tenido que enfrentar batallas legales con el Estado colombiano, con organismos e instituciones internacionales y hasta con poderosas multinacionales como Coca–Cola. De todas ellas han salido victoriosos, gracias a sus imbatibles argumentos culturales.
Acompáñenme a este interesante recorrido por imponentes paisajes y monumentos únicos. Conoceremos las rutas, la historia y las historias de la coca, en donde los protagonistas no son Pablo Escobar ni ninguno otro de los grandes capos de la droga, sino hombres y mujeres del común que pretenden salvaguardar su cultura y su esencia.
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