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martes, 14 de enero de 2014
En algún lugar del Darién...
La historia de Santa María es una de las más sorprendentes con las que me he encontrado. Uno no entiende por qué ha sido tan olvidada, por qué no se difunde y se da a conocer este lugar tan significativo para la historia del país y del continente.
La fundación de esta efímera ciudad es uno de los puntos de giro más importantes que dio la humanidad. Allí están las raíces del mestizaje, de la cultura y quizás de todos los males que hoy padece no solo Colombia, sino América.
Santa María del Darién es, sin lugar a dudas, la historia olvidada de la conformación de este país y del continente, una historia fantástica, utópica, increíble y fascinante que debe ser rescatada, porque, parafraseando al canal, es la historia de "todo lo que somos".
domingo, 12 de enero de 2014
Unguía, Chocó
Llegar al lugar en donde alguna vez estuvo Santa María la Antigua es un poco decepcionante, pues no existe nada, solo un potrero convertido en territorio de guaqueros y pastizales de vacas.
Es un lugar olvidado por el Estado, por la historia y por la humanidad, que considero importante rescatar de ese abandono al que lo hemos condenado, pues es parte integral y fundamental de la historia del mundo.
Los vestigios de esta ciudad, que estuvo perdida para la humanidad por más de 300 años, y que fue encontrada gracias a la gestión del rey de Bélgica en los años 60 del siglo pasado, no dicen mucho, aunque su eco sigue resonando hasta hoy.
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viernes, 10 de enero de 2014
En tierra firme
Mi próximo destino es el Darién, más exactamente Unguía, al norte del Chocó, un pueblo de difícil acceso que guarda una historia de gran relevancia para Colombia y el mundo. En su jurisdicción se encuentra el lugar donde se fundó la primera ciudad en tierra firme del continente americano: Santa María la Antigua del Darién.
La historia de su fundación es muy emocionante, fantástica. Es el lugar donde realmente por primera vez se encontraron los dos mundos, el europeo y el americano, que además se nutrió por los negros traídos de África. Sin lugar a dudas, en Santa María se cambió la historia del continente y de la humanidad.
Acompáñenme, pues, a este fascinante y aventurado viaje. No se pierdan el próximo episodio de esta travesía este domingo a las 10:30 p.m. por Señal Colombia.
jueves, 26 de diciembre de 2013
La ciudad de las mujeres
Mi próximo destino será Turbaco, municipio ubicado a unos 15 km de Cartagena, considerado la cuna de la arepa’ehuevo. Puede que a muchos esto no les parezca un destino muy interesante… pero no voy hasta allí tras atractivos sitios, sino en busca de la Ciudad de las mujeres, una urbanización que se ha convertido en todo un símbolo, pues fue gestada y construida por mujeres desplazadas víctimas del conflicto armado.
Las mujeres que allí habitan tienen una historia común de desplazamiento forzado, cada una de ellas ha llegado de lugares diferentes con su propia historia de dolor.
Todas son muestra de tesón y dueñas de una voluntad inquebrantable. Espero que me acompañen a conocer esta singular e interesante experiencia.
No se pierdan el próximo episodio de esta travesía este domingo a las 10:30 p.m. por Señal Colombia.
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Turbaco, Bolívar, Colombia
martes, 24 de diciembre de 2013
Una tradición caucana
El maestro Sandoval, un personaje con cara de pocos amigos, resultó muy afable y colaborador. Es tal vez a él a quien más se le debe el rescate de esta práctica, que hoy se ha convertido en un deporte, una danza y una arraigada manifestación cultural. Para hacerlo, la incluyó inicialmente en las danzas tradicionales de la región, y una vez la gente la identificó y se fue apropiando de ella, abrió las escuelas que hoy dirige, por las que han pasado cientos de alumnos.
El Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Puerto Tejada decidieron convertirla en patrimonio cultural de los puertotejadeños. Por eso, recientemente publicaron cartillas, volantes y llevaron a cabo muestras y conferencias, y la incluyeron como cátedra electiva en los colegios del municipio con la intención de hacerla visible y que los jóvenes se apropiaran de ella. Al parecer, este objetivo se cumplió. Hoy la esgrima con machete no es vista como violenta, sino como una práctica que hace parte de la identidad y del arraigo de los lugareños.
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Puerto Tejada, Cauca, Colombia
domingo, 22 de diciembre de 2013
Puerto Tejada, Cauca
Al llegar aquí me enteré de otro dato estadístico poco conocido de Puerto Tejada: es uno de los municipios más densamente poblados de Colombia.
Como me lo habían advertido, evidentemente el ambiente que se percibe recorriendo las calles del pueblo no es el mejor, la policía del lugar de entrada me previno acerca de los muchos cuidados que debía tener; los alumnos y maestros de escuela con lo que me reuní al momento de mi llegada me advirtieron sobre lo mismo.
Seguí de cerca la historia de la esgrima en patios de apartadas casas, pues no era aconsejable practicarla en espacios abiertos o públicos ni bueno para los visitantes hacerse tan visibles. Así que, en compañía del maestro Sandoval, “el gurú” de la práctica, y algunos de sus alumnos fui hasta su vereda y, en una especie de casa-salón, me contaron todo acerca de esta práctica.
La esgrima con machete, o grima, como la llaman ellos, fue surgiendo cuando los esclavos observaban a sus amos practicar la esgrima clásica europea en los salones de las grandes haciendas. A falta de sables y floretes, a los que no tenían acceso, los afrodescendientes usaron el machete, su herramienta de trabajo. Con los años adquirieron tan grandes destrezas y habilidades, que los macheteros del Cauca se convirtieron en un ejército que participó en las batallas de independencia de la Nueva Granada, y posteriormente en la Guerra de los mil días y la guerra contra Perú.
Luego de estas guerras, la práctica estuvo a punto de desaparecer, pues se le vinculó con el bandolerismo y la violencia. Además de que la satanización que sufrió por parte de la Iglesia, que argumentaba que sus practicantes tenían pacto con el Diablo, pues de otra manera no era posible que se hubieran convertido en leyendas vivas, pues se decía que salían vivos sin ningún rasguño después de haber sostenido fuertes combates.
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Puerto Tejada, Cauca, Colombia
martes, 3 de diciembre de 2013
Adiós, Cauca
Salí de Palmeras como el ritmo de las canciones de los violines caucanos: contento, pero con un poco de saudade. Contento por haber tenido el privilegio de escuchar y conocer esta música y de saber que no va a desaparecer. Triste y con saudade de abandonar esa hermosa región y a esos virtuosos, humildes y cálidos músicos.
Me hace feliz saber que si hace unos años los investigadores musicales y los propios músicos –con mucha razón– temían la desaparición de los violines caucanos, hoy el panorama es esperanzador.
Que los violines sean protagonistas en el festival más importante de música del Pacífico logró visibilizarlos con mucha fuerza. En la región han ido apareciendo nuevos grupos, muchos de ellos de jóvenes y niños que aprenden de sus familiares y amigos o en las escuelas que han comenzado a abrirse, en donde no solo se aprende a tocarlos, sino a fabricar unos violines iguales a los que dieron origen a esta tradición, de guadua y cuerdas de crin de caballo.
Es indudable que en la preservación, visibilización y difusión de esta música se le debe mucho al Grupo Palmeras, cuyos integrantes, después de sus duras faenas en el campo, o como obreros de fábrica, toman sus instrumentos y mantienen viva una de las más hermosas tradiciones de la cultura negra.
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Santander de Quilichao, Cauca, Colombia
domingo, 1 de diciembre de 2013
Violines Caucanos
La vereda El Palmar parece detenida en el tiempo, al igual que el sonido de violines que llegaron desde la colonia. La vereda tiene la belleza especial de las montañas caucanas, intervenidas con estos cultivos y adornadas con casas de barro y techos de palma, y un exquisito olor que proviene de los cultivos de piña, caña y cacao.
Una de estas casas, la de Luis Éder Carabalí, es un punto de referencia en la vereda. Él, que tiene 51 años, es mecánico soldador de lunes a sábado. De eso vive. Pero los domingos es el primer violín del Grupo Palmeras, el más más reconocido de la región y tal vez del país. Como los demás integrantes del grupo, todos campesinos, Luis Éder es el heredero de una fuerte tradición musical que estuvo escondida durante siglos, y que hoy, gracias al Festival de música Petronio Álvarez, ha comenzado a conocerse. De allí han salido ganadores en las dos ocasiones en que han asistido.
La casa de Luis Éder es el punto de encuentro y ensayo permanente del grupo. En la sala, es protagonista una foto en donde aparecen sonrientes, además del dueño de casa, Eliécer, el otro violinista; su hermana María Fernanda, una de las cantadoras; Adelmo Casarán, intérprete del bajo; Bolívar Lucumí, con su requinto; Justiniano Vásquez, al pie de su tambora, y por último Arnul Abonías, que nunca desampara sus maracas.
Todos se conocen y se quieren desde niños, no sólo comparten una bonita amistad, sino su sangre. Entre ellos son primos y hermanos, y orgullosamente comparten la única herencia posible en un lugar como este: una virtuosa tradición musical. El grupo fue fundado por sus abuelos, sus padres continuaron la tradición y ellos han sabido conservarla. Estar aquí, compartiendo con ellos, escuchar sus historias y sobre todo su música, me llena de paz y alegría y me hace sentir privilegiado. Me siento gigante.
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Santander de Quilichao, Cauca, Colombia
viernes, 29 de noviembre de 2013
Santander de Quilichao
Próximamente viajo a Santander de Quilichao, un municipio ubicado al norte del Cauca, muy cerca de Cali, la capital del Valle del Cauca. Voy en busca de los violines caucanos, como se llama la agrupación y al ritmo musical en donde estos instrumentos son los encargados de llevar la melodía.
Conocí por casualidad a estas agrupaciones en Caloto, hasta donde llegué un día atraído por su especial arquitectura. Ese día se celebraba un festival de violines en el pueblo. Mientras comenzaba el evento, los grupos en competencia ensayaban en las orillas del río. Caminé a lo largo de dos kilómetros por su ribera, sintiéndome el más privilegiado del mundo, pues sin querer me convertí en el espectador de un concierto único e inolvidable. Desde ese día, los violines no han dejado de sonar en mi cabeza.
El de los violines caucanos es un ritmo muy especial, que me recuerda lo que decía el músico y poeta brasilero Vinicius de Morais: “la música realmente buena, aunque sea muy alegre, debe tener un toque de saudade (nostalgia) y de tristeza, si no, no es verdadera música”.
Los violines caucanos cumplen a cabalidad con la premisa de Vinicius; es uno de los ritmos más alegres, nostálgicos y especiales que he escuchado. Acompáñenme en este recorrido lleno de buena música, en donde tendremos el privilegio de conocer la historia y los protagonistas de estas alegres canciones, salpimentadas con un toque nostálgico, y poco visibilizadas y difundidas.
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Santander de Quilichao, Cauca, Colombia
martes, 19 de noviembre de 2013
Coquí, un lugar del que aprendí mucho
Gracias a la comunidad de Coquí y a los saberes y sabores ancestrales que comunidades como esta han encontrado en el manglar, logré cambiar mi visión, principalmente acerca de dos cosas. En primer lugar, borré ese pensamiento idealista que tenía acerca de que para conservar la naturaleza es necesario no tocarla. Los habitantes de Coquí viven del manglar y conviven con él sin que esto signifique su destrucción. La segunda, acerca de la impresión que tenía de que los manglares eran un bosque putrefacto y maloliente, lleno de mosquitos: aprendí que son un sistema “camaleónico”, “anfibio” que se transforma y se renueva a cada hora del día y, sobre todo, que es uno de los ecosistemas más completos y biodiversos, indispensable para el equilibrio natural de nuestro planeta.
Desde que salí de Coquí no he dejado de sentir nostalgia. Allá disfruté de paz, paisaje y comida exquisita. Del saber, la generosidad y el agudo humor de Ovidio, Cheka, Fausto, Cruz, Eva y toda una comunidad con un don natural de anfitriones únicos, que hacen que uno se quiera quedar aquí a pesar de que –o tal vez gracias a que– se está desconectado del mundo, pues no existe señal de celular, conexión a internet ni luz eléctrica. Resulta increíble, pero solo ahora que lo escribo recuerdo que unos pocos días atrás sentía que en estos tiempos era imposible vivir sin ninguna de estas cosas.
Coquí es una comunidad olvidada por el Estado y en principio geográficamente lejana, en donde es posible conectarse de manera reveladora e increíble con la naturaleza, con los saberes y sabores ancestrales del manglar, y aprender sobre lo que significan conceptos como solidaridad, generosidad y convivencia pacífica. Una comunidad que tal vez ignora el gran aporte que hace al planeta al cuidar y preservar el manglar, un ecosistema que contribuye significativamente a combatir el calentamiento global.
La comunidad de Coquí existe en silencio. Desde el olvido, hace mucho por todos nosotros y esto es importante que el mundo lo sepa.
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domingo, 17 de noviembre de 2013
Sabores y saberes del manglar
Estar en Coquí es sentir la imponencia, la paz y la fuerza que genera la naturaleza. La bienvenida me la dio una playa de unos 10 km que muere en una montaña con un tupido bosque lleno de neblina, que le imprime al paisaje un sello especial, pues se tiene la sensación de estar en un lugar frío, cuando en realidad se está a más de 30º C.
Coquí está ubicado en una isla, que forman el mar y el río del mismo nombre. Es un caserío limpio y ordenado, en donde habitan alrededor de 500 personas que viven del mar y el manglar.
Los saberes y sabores alrededor del manglar son muchos. Gracias a su magnífica combustión, la comunidad usa la madera como leña para en sus cocinas e “industrias”. Por su gran resistencia al agua, en la construcción de barcos y casas. Saben también que el bosque del manglar es una fuerte barrera natural contra mar de leva y maremotos, y que funciona como purificador del aire, al convertir en oxígeno el gas carbónico. También, que el manglar es hogar permanente –y de paso– de muchas especies de aves, reptiles y mamíferos, sala-cuna de peces y mariscos y hábitat natural de la piangua, una concha muy apetecida en el Pacífico, con la que preparan exquisitos platos. Cruz, una experta y cálida matrona experta en cocina local, me enseñó a prepararla. Es una delicia. La servimos acompañada de patacón de banano biche freído en aceite de coco y arroz blanco, salteado en finas yerbas de la región.
Estar aquí es disfrutar a cada paso del saber y el sabor del manglar, un ecosistema que me resultaba ajeno y extraño, pero que no deja de sorprenderme.
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Coqui, Chocó, Colombia
jueves, 14 de noviembre de 2013
Regreso al Chocó
Viajo de nuevo al Chocó, más exactamente a Coquí, un corregimiento del municipio de Nuquí, del que tengo muy buenas referencias: una playa infinita, vegetación increíble, comida espectacular, posibilidad de avistar ballenas y, lo más importante, gente cálida y generosa.
Aunque, obviamente, voy a disfrutar de todas estas bondades que Coquí ofrece, mi principal propósito es conocer las acciones que esta comunidad ha emprendido para proteger y preservar el manglar. Ese exuberante y a veces maloliente ecosistema, que se ha convertido para muchas comunidades en fuente inagotable de recursos.
En la costa Pacífica se encuentra el 40% de los manglares que tiene Colombia. En Coquí, sus habitantes lo explotan y le dan tantos usos, que a los ojos de muchos conservacionistas podrían parecer excesivos. Pero lo bueno del asunto es que esta comunidad ha encontrado muchos sabores alrededor de él sin que eso signifique su destrucción.
Los invito a que me acompañen en este recorrido por una de las zonas más paradisíacas y olvidadas del país. No se pierdan el próximo episodio de esta travesía este domingo a las 10:30 p.m. por Señal Colombia.
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martes, 15 de octubre de 2013
Adiós, Quibdó
Quibdó me dejó con sentimientos encontrados: por un lado está toda la calidez, agudeza, talento e inteligencia de su gente; por otro, los problemas de corrupción, olvido y exclusión que han padecido históricamente y que consciente o inconscientemente siguen ayudando a perpetuar.
El fútbol sigue siendo la única esperanza para muchos, pero no es ajeno a las dinámicas presentes en los demás escenarios de la vida política y social del departamento. A pesar de los grandes obstáculos, los jóvenes y niños siguen entregados, esperando a ser mirados o por lo menos a tener unos escenarios deportivos dignos, en los que puedan desarrollarlo y demostrarlo.
Muchos de los que han salido no han logrado adaptarse a un mundo que les resulta ajeno y hostil y regresaron para trabajar generalmente en la minería, la construcción o “rapimoteando”, que es como le dicen a conducir una mototaxi.
Ni la ciudad de Quibdó ni el departamento del Chocó tienen un equipo en alguna de las categorías del fútbol profesional colombiano, pero los jóvenes y niños chocoanos siguen apostándole al fútbol como su más honesta y sincera opción de vida. Y para ellos es muy importante que el mundo lo sepa.
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Quibdo, Chocó, Colombia
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