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domingo, 15 de diciembre de 2013

Talaigua, Bolívar


Talaigua es un pueblo en el que la mayoría de la gente vive de la pesca, que a propósito se ha vuelto muy escasa en el río Magdalena, debido a la sedimentación y al poco cauce que le queda al río en el brazo de Mompox, orilla en donde se encuentra el poblado.

La danza de las farotas tiene, para algunos, origen indígena, para otros es 100% europea. Pero más allá del origen real de la danza, para los talaigüeros es parte de su vida. Hombres, mujeres y niños están vinculados a ella. Me atrevo a decir que los 905 habitantes de Talaigua tienen un fuerte compromiso con la danza de las farotas: algunos la difunden, otros la aprenden, las mujeres diseñan y tejen los vestuarios, los hombres jóvenes, adultos y niños la practican y se sienten muy orgullosos.

Pescadores, canoeros, mototaxistas, albañiles o funcionarios en algún momento dejan su trabajo para travestirse y bailar la danza que los ha puesto en un prestigioso lugar de la cultura, pues las farotas hacen parte de los bailes tradicionales del Carnaval de Barranquilla e hicieron parte del estudio que declaró al carnaval como patrimonio inmaterial de la humanidad.

Talaigua y farotas hoy son palabras sinónimas.






jueves, 12 de diciembre de 2013

Siguiendo los pasos de las farotas

Mi próximo destino es Talaigua, un pequeño y olvidado pueblo que comparte con Mompox la isla de agua dulce más grande de Colombia.

Viajo hasta allá, al centro del departamento de Bolívar, llevado por la curiosidad que me despertó una foto de un campesino adornado con coloridas flores, travestido, que me encontré por casualidad en una oficina del Estado. Le pregunté a la funcionaria que me atendía que de quién o de qué era esa foto y me dijo que era una farota, un singular personaje de la depresión momposina.

Sé que me espera un largo y dispendioso viaje, pues por lo que he averiguado, me toca usar todos o casi todos los medios de transporte: avión, taxi, flota, Mototaxi y canoa.

Los invito a que me acompañen en este viaje que pinta alegre y aventurero. No se pierdan el próximo episodio de esta travesía este domingo a las 10:30 p.m. por Señal Colombia.






martes, 10 de diciembre de 2013

El mítico tapón del Darién



A través personajes como Germán, el cochero; Ciro, el coyote, y de don Jairo, el colono, pude conocer parte del a realidad de esta convulsionada zona.

En Acandí, la comunidad es consciente de la alarmante disminución de la pesca, el turismo y la biodiversidad y del impacto negativo que esto ocasiona en su economía y en su calidad de vida. Para mitigar esta situación, han emprendido acciones desde sus posibilidades y desde todos los frentes que generen alternativas y herramientas de solución.

A pesar de todos estos problemas, sustentados principalmente en el olvido y el difícil acceso, Acandí sigue conservando rasgos de eso que podemos llamar paraíso.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Acandí, Chocó



Llegar hasta aquí se vuelve un poco complicado: por tierra es imposible hacerlo, pues no existen carreteras; por mar, resulta un poco arriesgado, debido a las condiciones de navegación. Decidí hacerlo por avión, pero tuve que esperar varios días, pues solo hay tres vuelos semanales y la oferta de cupos es limitada.

Una vez despegó de regreso el avión en que llegamos, la pista del aeropuerto se llenó de motos. Los lugareños la han convertido en lugar de competencias. Apuestan carreras en las que la condición principal es que no utilicen las manos para conducir. Esto lo vuelve una práctica arriesgada e irresponsable, pero según ellos, llena de mucha emoción.

En el aeropuerto fui recibido por Germán, un tradicional cochero encargado de recoger los pasajeros en el aeropuerto para llevarlos hasta el poblado, pues aquí no existen carros ni taxis. La falta de carreteras los hace innecesarios.

Aunque la rica biodiversidad del mítico tapón del Darién ha sido devastada, esta sigue siendo la frontera más impenetrable de las Américas.

Muchos de sus habitantes se dedicaron y se dedican a trabajar como “coyotes”, cruzando gente de un país a otro. Ciro Ramírez, un santandereano de pura cepa que en alguna época se dedicó a este trabajo, nos contó los riesgos a que se enfrentan y lo duro que resulta la práctica.

Acandí es un hervidero de contrastes y conflictos, es una región con una especial conexión/desconexión con el país y el mundo. Está lleno de interesantes relatos, que Uds. pueden ver completos en el programa de televisión.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Chocó caribe y fronterizo



Próximamente estaré en Acandí, pueblo del Urabá chocoano ubicado en la región del Darién, en límites con Panamá. Por esa frontera, aparentemente tranquila, se mueven armas, drogas y se mueven ilegales de todos los rincones del mundo, especialmente de China, África, Ecuador, Cuba, Ecuador y Perú, quienes emprenden desde ahí el camino hacia los Estados Unidos, en busca del sueño americano.

Ello, sumado a la fuerte destrucción de la biodiversidad, es el panorama con que me voy a encontrar. Quiero que me acompañen a descubrir cómo se mueve ese lugar tan paradisíaco y conflictivo.

martes, 3 de diciembre de 2013

Adiós, Cauca


Salí de Palmeras como el ritmo de las canciones de los violines caucanos: contento, pero con un poco de saudade. Contento por haber tenido el privilegio de escuchar y conocer esta música y de saber que no va a desaparecer. Triste y con saudade de abandonar esa hermosa región y a esos virtuosos, humildes y cálidos músicos.

Me hace feliz saber que si hace unos años los investigadores musicales y los propios músicos –con mucha razón– temían la desaparición de los violines caucanos, hoy el panorama es esperanzador.

Que los violines sean protagonistas en el festival más importante de música del Pacífico logró visibilizarlos con mucha fuerza. En la región han ido apareciendo nuevos grupos, muchos de ellos de jóvenes y niños que aprenden de sus familiares y amigos o en las escuelas que han comenzado a abrirse, en donde no solo se aprende a tocarlos, sino a fabricar unos violines iguales a los que dieron origen a esta tradición, de guadua y cuerdas de crin de caballo.

Es indudable que en la preservación, visibilización y difusión de esta música se le debe mucho al Grupo Palmeras, cuyos integrantes, después de sus duras faenas en el campo, o como obreros de fábrica, toman sus instrumentos y mantienen viva una de las más hermosas tradiciones de la cultura negra.




domingo, 1 de diciembre de 2013

Violines Caucanos


La vereda El Palmar parece detenida en el tiempo, al igual que el sonido de violines que llegaron desde la colonia. La vereda tiene la belleza especial de las montañas caucanas, intervenidas con estos cultivos y adornadas con casas de barro y techos de palma, y un exquisito olor que proviene de los cultivos de piña, caña y cacao.

Una de estas casas, la de Luis Éder Carabalí, es un punto de referencia en la vereda. Él, que tiene 51 años, es mecánico soldador de lunes a sábado. De eso vive. Pero los domingos es el primer violín del Grupo Palmeras, el más más reconocido de la región y tal vez del país. Como los demás integrantes del grupo, todos campesinos, Luis Éder es el heredero de una fuerte tradición musical que estuvo escondida durante siglos, y que hoy, gracias al Festival de música Petronio Álvarez, ha comenzado a conocerse. De allí han salido ganadores en las dos ocasiones en que han asistido.

La casa de Luis Éder es el punto de encuentro y ensayo permanente del grupo. En la sala, es protagonista una foto en donde aparecen sonrientes, además del dueño de casa, Eliécer, el otro violinista; su hermana María Fernanda, una de las cantadoras; Adelmo Casarán, intérprete del bajo; Bolívar Lucumí, con su requinto; Justiniano Vásquez, al pie de su tambora, y por último Arnul Abonías, que nunca desampara sus maracas.

Todos se conocen y se quieren desde niños, no sólo comparten una bonita amistad, sino su sangre. Entre ellos son primos y hermanos, y orgullosamente comparten la única herencia posible en un lugar como este: una virtuosa tradición musical. El grupo fue fundado por sus abuelos, sus padres continuaron la tradición y ellos han sabido conservarla. Estar aquí, compartiendo con ellos, escuchar sus historias y sobre todo su música, me llena de paz y alegría y me hace sentir privilegiado. Me siento gigante.